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Un
día en la vida de Pablo Ibar:
Le hemos pedido a Pablo que nos relate un
día típico de su vida en prisión.
Este es el relato que nos ha remitido. Pablo sabe
que nos la ha remitido para figurar en esta web,
por lo que está permitida su reproducción
y publicación en cualquier medio.
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Mis días
habitualmente comienzan acompañados de fuertes
gritos: "Chow time", lo que viene a significar
que es la hora del rancho, como si fuéramos animales.
Esto suele darse a eso de las cinco y media de la mañana;
la comida llega en bandejas de plástico que deslizan
bajo las barras de la puerta de las jaulas en las que
estamos. El tamaño de las celdas es de aproximadamente
de dos por tres metros, un espacio excesivamente pequeño
para hombres que llevan aquí 25 o más
años esperando su muerte.
Regreso al
comienzo del día. Recibo el desayuno, que coloco
en un bol para más tarde ya que no puedo comer
y volver a dormir porque tendré acidez y dolores
en el pecho. La otra razón por la que dejo la
comida para más tarde es porque suelo tener hambre
por las noches. Además, los veranos en Florida
son extremadamente calurosos y muy húmedos. El
único momento en el que tenemos temperaturas
algo más bajas es a primera hora de la mañana,
cuando el sol aún está bajo. Trato de
aprovechar para dormir algunas horas antes de que me
desvele el calor y los ruidos provocados por los golpes
en las pesadas puertas, golpeadas por los oficiales
para comprobar que están cerradas, a pesar de
que tienen un tablero iluminado para saber si las puertas
están o no cerradas.
En ese momento,
es imposible dormir más; no tenemos aire acondicionado
y te sueles despertar empapado en sudor. Tras asearme
un poco, comienza el día. Acabo el desayuno que
guardé antes; está frío, pero es
mejor que sufrir la acidez. Después, normalmente
trabajo en mi apelación, leyendo transcripciones
o nuevas leyes que puedan afectar a mi caso con la esperanza
de que pueda encontrar algún error que pueda
ayudarme. También escribo cartas las personas
que me muestran su apoyo, a mis amigos, a mi esposa
y a mi familia. Todo esto si no nos permiten salir por
la mañana.
Se nos permite
salir dos veces por semana, dos horas cada vez. Unos
días salimos por la mañana, entre las
9 y las 11 y otros por las tardes, entre la 1 y las
3. Fuera, puedes hablar con otros internos, jugar al
baloncesto (mi deporte preferido), al vóley o
hacer pesas y pasear. Sin embargo, si hay recuento,
el tiempo de recreo es cancelado. También si
llueve se cancela. Son sólo algunas de las causas
por las que suele cancelarse el tiempo de recreo, lo
que significa que perdemos el día y volvemos
a las jaulas.
El almuerzo
llega sobre las once y media o las doce. Si tengo hambre,
almuerzo, pero si no, lo guardo para más tarde
y así no pasar hambre por la noche. Luego continúo
trabajando en mi apelación o respondiendo cartas.
Suelo parar sobre la una y media o las dos para comenzar
con mi rutina de ejercicio, que consiste en fortalecerme
y algunos ejercicios cardiovasculares. Hago flexiones,
algo de boxeo contra el colchón enrollado o levanto
bolsas de libros, papeles o revistas. Después
de dos horas, corro durante treinta minutos y acabo
bastante sudado con estos ejercicios cardiovasculares.
La razón
de tanto entrenamiento no es sólo por estar en
forma física, sino también por razones
de salud mental. Para mí, el ejercicio es como
una terapia, me lleva fuera de estas paredes y de este
aislamiento, me permite no pensar en mi situación.
Por eso, trato de estar tan ocupado como me sea posible;
para tener mi mente fuera de aquí y no echar
de menos a mi familia. Supongo que tener una rutina
me ayuda a sobrellevar mejor los días.
También
el recibir visitas de mi familia o de mi esposa me ayuda;
más de lo que ellos puedan imaginar. Sin su apoyo,
sin su amor, sin ese contacto humano de la gente que
de verdad te quiere, no sé qué sería
de mi salud mental. Imagina estar encerrado, aislado
del mundo exterior durante 20, 25 o 30 años sin
contacto con amigos o con las personas queridas que
se preocupan por ti. Hay mucha gente aquí que
ha perdido su salud mental porque no tienen ese contacto,
esa interacción con la familia o los amigos.
Regreso a
mi rutina diaria. La cena suele llegar sobre las cinco
y media o las seis de la tarde, momento en que suelo
estar hambriento, por lo que suelo comer al instante.
Después, todo depende de si es el día
de la ducha o no. Se nos permite ducharnos tres veces
por semana, durante unos diez minutos. Nos llevan a
las duchas esposados por la espalda. Una vez en la ducha,
nos quitan las esposas. Antes de que te des cuenta,
la ducha termina y los guardias te vuelven a esposar
y te llevan de regreso a la celda, donde estarás
encerrado el resto de la noche y el día siguiente,
siempre encerrado solo a la espera de la muerte.
Por la noche
veo algo de televisión, la misma televisión
que tienes que comprar en la prisión. Veo algún
evento deportivo, algún partido, algún
programa o, si hay suerte, una película. También
se nos permite tener una radio, que por supuesto tenemos
que comprar. Suelo escuchar bastante música;
no podría imaginar la vida, aquí o fuera
de aquí sin música. Otras veces leo un
libro, pero suelo estar tan cansado de leer sobre mi
apelación y las transcripciones del juicio que,
la verdad, últimamente no he leído muchos
libros.
Así,
el cansancio llega y si no hace mucho calor, intento
dormir. Me encanta dormir porque en este sitio no me
pueden quitar mis sueños. Más tarde, vuelvo
a escuchar los gritos: "Chow time" y me doy
cuenta que sigo en este horrible y oscuro sitio
Mi día en el corredor de la muerte
Pablo Ibar.
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